Thursday, September 26, 2024

 La perfección no existe, de eso estamos concientes y claros desde nuestra temprana adolecencia, pero nos empeñamos en buscarla; no existen los padres perfectos, ni las parejas perfectas y mucho menos los amigos perfectos. Nos esforzamos vehemente en una búsqueda infructuosa, lo cual nos lleva al desespero y la frustración. Entoces pasa una década o dos, difícil aceptar cuanto tiempo ha pasado y desgastado; después de uno, dos o tres o múltiples tropiezos y de algunos aciertos, llegamos a cierta madurez emocional, para darnos cuenta después de muchos años de que tal cosa como la perfección jamás ha pisado tierra en nuestra existencia humana, es una utopia. Quizás nos volvemos más empáticos y entendemos porque nuestra madre y nuestro padre eran así; aquella pareja con la cual jamás nos pudimos comunicar efectivamente era mi responsabilidad y no la de otro, aquel amigo que juzgamos duramente que nunca más volvimos a ver tampoco era perfecto y probablemente yo tenía más defectos que él o ella. Cuando llega el momento en que podemos procesar que somos erráticos por naturaleza innata y que la perfección quedó décadas atrás olvidada en aquel anaquel que no quisimos abrir nunca más, allí y solo allí habremos llegado a un estado de comodidad dentro de nuestra incipiente madurez emocional. 

En la escuela o en el bachillerato, y adicionalmente recalcarlo en la universidad, deberían enseñar procesos de madurez emocional… Deberíamos aprender tempranamente a no perder el tiempo en conflictos domésticos infames, además, inútiles con nuestro entorno personal o profesional. A temprana edad deberíamos aprender a resolver conflictos y aceptar nuestro entorno humano, así como nuestra propia humanidad; el encanto de ser humano se encuentra en un viaje facinante de muchísimos errores y algunos aciertos, donde la aceptación es la protagonista fundamental de una vida maravillosa, que pudo haber sido completamente libre de prejuicios que jamás son constructivos y perjuicios que ejercen mucho daño.
Cuando hayamos pasado por este gran proceso, entonces la empatía se convierte en un tesoro maravilloso de gran valor e increiblemente confortable.
… Y recordamos esa frase muy trillada, "la felicidad no es la meta, sino el recorrido"; cuando la leemos, nuestro prejuicio demoledor la deja pasar sin darle importancia alguna, pero nada más trascendental y absoluto que esta tristemente infravalorada frase.

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